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19 mayo 2014

Despreciablemente Bella

Relato realizado durante el Taller Literario dirigido por Aina Tur, en el Cercle Artístic de Ciutadella de Menorca. Invierno 2014. 

Razón de ser: Consistía en la creación de un relato a partir de este cuadro de Edward Hopper, aplicando para ello la estructura de "Eveline" de James Joyce.




Despreciablemente Bella

Caroline miraba el fondo de su taza de café. Negro y ardiente como a ella le gusta. A su alrededor podía ver como la cafetería se iba vaciando poco a poco. Cuando hubo entrado en el local, justo después de descubrir al otro lado de la calle aquello que había venido a buscar, todavía pudo cruzarse con grupos de amigos que se citaban ahí a la salida de las clases. En parte los envidiaba. Se habría cambiado por cualquiera de ellos.
Verlos riendo despreocupadamente sentados ante la barra, le hizo recordar los tiempos de estudiante, en aquellos inspiradores años veinte, cuando su sueño era convertirse en enfermera y casarse con un apuesto médico. De esa forma habría tenido la vida que sus padres siempre desearon para ella: una casita con jardín, un marido atento y bien posicionado, una cocina llena de electrodomésticos… En aquellos tiempos el mundo le parecía un lugar inmenso, cargado de unas posibilidades infinitas y centenares de distintos caminos a escoger.

Un agradable olor a pan tostado despertó su apetito. No había tenido ocasión de comer nada en todo el día, tan concentrada en el objetivo que se había propuesto, pero ahora importaba muy poco. Sabía que a esa hora debería estar en casa haciéndoles la cena a sus queridos niños. En realidad ellos eran inocentes y carecían de culpa alguna. Cerró los ojos y le pidió a Dios que llegase un día en que pudiesen comprender sus razones.

Una camarera, ataviada con un uniforme azul, se acercó hasta su mesa.
-¿Más café?
Caroline se sorprendió a sí misma respondiendo con rudeza. No era habitual en ella, aunque la pobre señora debía estar acostumbrada a las groserías, porque se giró sin inmutarse. Cuando se dio la vuelta vio que llevaba el pelo recogido con un lápiz que hacía las veces de horquilla: La misma manía que tuvo siempre su amiga Irene.

Precisamente, otra de las opciones que barajó durante un tiempo fue hacerse maestra de escuela como ella; como Irene.
–Caroline, te tengo que presentar al nuevo colega de mi hermano, ¡es tan guapo!.
Recordaba aquellas palabras como si su compañera las hubiese pronunciado ayer, tras aquella sonrisa pícara que se le dibujaba al hablarle de aquel estudiante de derecho tan simpático y atractivo.
–Es perfecto para ti.
Irene insistió un tiempo, y cuando a Caroline se le acabaron las excusas tuvo que aceptar la propuesta de su amiga, así que se encontraron una tarde los cuatro. En cuanto lo vio, supo que no era el médico o el intelectual con el que ella siempre había soñado, pero no le cabía la menor duda de que lo adoraría toda su vida.

Buscó el pañuelo de algodón en el bolsillo de la chaqueta. Secó las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Se sentía un poco alterada y de repente se arrepintió de no haber elegido una bebida descafeinada. Bajo esas circunstancias, lo último que necesitaba era cargar sus nervios todavía más.

Había amado mucho a su marido. Quizá demasiado ¿es posible amar demasiado? Posiblemente si hubiese aprendido a ser más independiente con sus sentimientos, más fría, más cerebral; el devastador descubrimiento del otro día habría carecido de importancia y ahora ella estaría tranquilamente en su casa, siguiendo con la felicidad y con la existencia apacible que sin duda se merecía. 
La camarera se apoyó tras la barra y encendió un cigarro. Quedaba poca gente en el local y podía permitirse perfectamente ese descanso. Caroline estuvo tentada de acercarse para pedirle una copa, pero se lo pensó mejor. Nunca le había sentado bien el alcohol. El jueves intentó olvidar todo lo ocurrido con una exagerada dosis de ginebra, pero lo único que consiguió fue quedarse dormida en el sofá y despertarse horas después con un intenso dolor de cabeza, sin poder quitarse la imagen de su marido rodeado de otras mujeres. Aquello se había convertido en una auténtica tortura.

Por desgracia, todas aquellas sospechas no habían sido producto de su imaginación. Era difícil de asumir, pero en ese mismo instante, mientras ella ponía patas arriba el sentido de la vida frente a su taza de café. Robert, la persona a quien había amado hasta la extenuación, estaba compartiendo confidencias con una rubia asquerosa. Una mujer despreciablemente bella.

En el fondo de su corazón, cuando, una hora atrás cruzaba la avenida Amsterdam, todavía confiaba en que todo hubiese sido provocado por una serie de malentendidos. Casi se había convencido de que seguramente existía una razón completamente plausible para explicar las pequeñas evidencias que ella había ido encontrando, pero en cuanto fue testigo de aquella escena, su mundo se desmoronó.
Levantó la vista y aunque ya había anochecido podía ver, a través del ventanal, el cartel luminoso del restaurante de enfrente. Una de sus letras parpadeaba perezosa, dando a entender que se trataba de una suerte de antro barato y poco elegante. Un lugar perfecto para una cita furtiva.

Caroline llegó a albergar la esperanza de que, aquello que ella interpretase como carmín, en realidad hubieran sido manchas de mermelada en su camisa, o que la marca que la otra noche le descubrió en el cuello no hubiese sido provocada por ningún beso salvaje, sino por un despiste durante el afeitado. Sin embargo, la visión de su marido en aquella compañía, había desvanecido cualquier posibilidad de reconciliación.

Lo peor de todo fue encontrar aquella nota en su maletín la otra noche. Supuso un duro golpe para ella, más de lo que creía poder soportar. Te espero el jueves a las Nueve…, repetía Caroline para sus adentros, imaginando como esa mujerzuela destrozafamilias, dueña del rostro que había podido entrever hacía pocos minutos, al otro lado de la ventana, se las había estado ingeniando para engatusar a su iluso marido. 

Apuró la taza de café, entreteniéndose en el último sorbo. En parte, sentía la necesidad de olvidar lo sucedido y regresar a casa. Llegaría a tiempo de contarles un cuento a los niños antes de que se fueran a dormir, fingiendo que nada había ocurrido. De este modo, quizá aprendiese a ser feliz, manteniendo a su familia sumida en una especie de equilibrio ignorante.
Deslizó la mano hasta su bolso y en el interior palpó el revólver de su padre. Cuando se lo regaló, ella lo había metido asqueada en una caja de zapatos, sin imaginar jamás que llegaría el día en que recurriese a él. El arma estaba cargada. Seis balas. Pero ella sabía que solo iba a necesitar dos.

De pie, bajo una tenue farola, Caroline observaba el restaurante italiano, a pocos metros frente a ella. Las amenazadoras nubes por fin descargaban su furia sobre la ciudad. Había salido de casa sin pensar en el inestable clima y ahora las gotas se resbalaban a lo largo su sombrero amarillo, empapando sus hombros y filtrándose por el tejido, lo que aumentaba la sensación de frío.
Dio un paso para bajar de la acera, y entonces vio como la puerta del restaurante se abría y un paraguas negro se desplegaba grácilmente. Bajo este, una figura que tenía grabada a fuego en su mente, se resguardaba mientras reía y daba estúpidos saltitos. Junto a aquella mujer despreciablemente bella, reconoció a Robert, que, con el chubasquero de marca que ella le regaló en Navidad, sostenía el paraguas con galantería. Esa imagen le dio ganas de vomitar y apretó el revólver oculto, con más fuerza todavía.

Varios metros los separaban, pero miró fijamente a los ojos de su marido, permaneciendo inmóvil bajo la lluvia. Quería que él supiera exactamente a qué se iba a deber este trágico final. La rubia levantó la mano, como para parar un taxi, y en ese momento Robert dio un respingo. La había descubierto al otro lado de la calle. Quedaba claro, ya que su sonrisa se había esfumado y ahora miraba a Caroline con un gesto de sorpresa y preocupación.

Ella tomó aire una vez más y sin dejar de mirar la escenita que tenía delante, avanzó por la calzada. Robert se había quedado impávido y su boca, que segundos antes estallaba en carcajadas ahora se había tornado una fina línea inexpresiva.

Asió con fuerza el arma dentro del bolso. Debía ser muy rápida. Era necesario que Robert supiera exactamente lo que estaba pasando, y su amante también. Por fortuna, Caroline ya había calculado la ruta exacta que seguiría para huir de allí, aferrándose a la mínima posibilidad de salvarse de una condena y poder transcurrir el resto de su vida feliz junto a los niños.

De repente, una luz la cegó y lo último que pudo ver con claridad fue la cara de su marido, que se llevaba las manos a la cabeza. Entonces experimentó un fuerte impacto sobre su hombro izquierdo. Después, el dolor, en una milésima de segundo se extendió por todo el brazo, la cintura, la cadera y el muslo. Sintió como el fémur se quebraba y cómo los huesos de su antebrazo se hacían añicos al caer violentamente al suelo. Su boca se había llenado de algo espeso, salado y caliente. Cuando la rueda del vehículo que la estaba atropellando aplastó su cráneo, todavía pudo alcanzar a oír la voz de Robert, que gritaba su nombre bajo la lluvia.  

Ana Olivia Fiol Mateu
Marzo 2014

El sueño de Lola

Relato realizado durante el Taller Literario dirigido por Aina Tur, en el Cercle Artístic de Ciutadella de Menorca. Invierno 2014.

Razón de ser: La creación del siguiente relato debía contener una serie de palabras e ideas, principalmente inconexas, que había hallado antes mediante escritura automática.




El Sueño de lola

Tal y como Lola había visto en su sueño, salieron de la isla poco después de las 10 de la mañana, bajo un cielo azul, moteado con algunas nubes que escondían un sol intenso.
El velero de Gabriel era antiguo, pero cuidado y elegante, justo como ella recordaba de las imágenes de su subconsciente. Sus acompañantes no tenían ni idea de que estaban reconstruyendo, paso a paso, lo que ella había visualizado en esas largas noches, cuando despertaba agotada, tras un sinnúmero de aventuras oníricas que nunca tenían un final. Hiciera lo que hiciese, Lola abría los ojos antes de presenciar el desenlace de esas historias, y aquello la obsesionaba. Tanto que, al final, tomó una decisión y se centró en documentar los sueños que viviese durante un año. Apuntó todos los que recordaba, sin excepción. A veces incluso tenía que hacerlo de madrugada, con la vista borrosa y todavía medio dormida, para no dejar fuera de su abultado cuaderno ni un solo detalle de la historia incompleta que acababa de protagonizar en su cabeza.

Con el análisis se dio cuenta de que su mente se centraba básicamente en tres líneas distintas. Unas veces se plasmaban al completo, pero en ocasiones presenciaba fugaces retazos que, sin duda, pertenecían a una de esas tres temáticas. La más relevante de todas ellas tenía lugar en un barco idéntico al de Gabriel, el mismo en el que se encontraba ahora junto a Pablo e Inés.

–Quizá debería haberles contado mi intención –pensó, mientras observaba como las pequeñas olas impactaban contra el casco y se deshacían en forma de espuma.

–Decían que hoy tendríamos sol –comentó Pablo acercándose a ella y tendiéndole una copa que contenía un líquido ambarino. Su olor dulzón no dejaba lugar a dudas sobre su contenido.

–Gracias –dijo ella con una sonrisa, sabiendo que aquello también aparecía en su sueño, y añadió– Quizá cuando lleguemos a la playa, las nubes ya se han marchado– a pesar de que sabía perfectamente que eso no iba a ocurrir.

Inés apareció por la escotilla y se unió a ellos. Se había puesto un vestido amarillo que casi hacía juego con los dorados reflejos de sus cabellos, tal y como tenía lugar en el sueño.

­                –Me alegro de haber pedido el día libre. Seguro que lo pasamos genial en aquella cala.

Lola sonrió. No tenía la respuesta, pero eso le excitaba. En ninguna de sus ensoñaciones tuvo ocasión de comprobarlo. Siempre despertaba antes de llegar a su destino. Pero esta vez, ya desde el plano de la realidad, se había propuesto vencer las limitaciones del mundo onírico, para presenciar por fin ese desenlace que tanto se resistía.

Llevaban ya un buen rato adentrándose en el océano y refrescaba. Los momentos intermitentes de sol eran cada vez menos frecuentes y ahora una masa irregular de nubes se adueñaba del cielo. Inés se estremeció y bajó a por algo para cubrirse.

Lola empezaba a sentir más agitación en su interior. Se hubiera puesto a dar palmas de alegría si sus amigos fuesen conscientes de la situación; por supuesto, si dar palmas formase parte del sueño, que no era el caso.

Cuando su amiga subió, enfundada en una sudadera, Lola supo que había llegado el momento. Sus sentidos se potenciaron y comenzó a saborear cada instante. A partir de aquí, todo sería nuevo para ella y finalmente conocería el escurridizo desenlace de aquel sueño.

Entonces comenzó a sentir sutiles gotas sobre su piel. Inés frunció el ceño y ella se fijó en el cielo, las nubes se retorcían caprichosas, cada vez más espesas y oscuras.

–Se avecina tormenta –exclamó Gabriel– ¿Doy la vuelta?

–¡No! –respondió ella adelantándose a sus amigos– Seguro que pasa pronto. Será una tonta lluvia de verano.

El viento soplaba cada vez más fuerte y las velas se tensaron. El capitán tuvo que dar un toque de timón para corregir el rumbo y suavizar los vaivenes del irregular romper de las olas.

Un abrupto golpe los pilló de sorpresa. El primer extrañado fue Gabriel que, dejando a Pablo al mando tras breves indicaciones, entró en el camarote en busca de aquel sonido.
Lola no cabía en sí de gozo. Paladeaba cada momento como si se tratase de un regalo divino. Los demás comenzaban a arrepentirse por haberse apuntado a este día de playa.

Un nuevo golpe, más violento, precedió una visión que ninguno esperaba. En segundos una masa gris, gigante y viscosa emergió de las aguas, rodeando al velero con lo que parecían monstruosos tentáculos que invadían la cubierta. Lo último que deseó Lola, antes de ser engullida por aquella criatura, fue estar todavía en la cama y que todo formase parte de un sueño.

Ana Olivia Fiol Mateu
Febrero de 2014

08 febrero 2010

Viva los Zombies

Aquí estoy, entrenando los dedos y las neuronas.

Tengo una historia que desarrollar, pero antes he querido venirme al blog a ver si así me suelto un poquito y encuentro inspiración de la de verdad.
Sin embargo, depende de lo que me salga finalmente en este texto, puede que ni lo publique... Hasta el momento, no tengo nada interesante que decir ni en qué reflexionar, pero espero que salga algo bueno en los próximos instantes o tiraré la toalla.

Hoy he empezado a ver Orgullo y Prejuicio, aquella donde Keira Knightley interpreta a Elizabeth, pero no la he podido terminar por falta de tiempo. Bueno, y porque me liaba. Me la he puesto mientras trabajaba con el Photoshop, en el rinconcito superior derecho de la pantalla, y he visto que no podía rendir al 100% mientras prestaba atención a la historia. Menos mal que en el mundo digital, no hay casi nada irreversible, si por el contrario hubiese estado trabajando a mano alzada, me habría quedado un zurullo de diseño!

Me hacía gracia ver esta película otra vez porque hace poco que he leído el libro "Orgullo y Prejuicio y Zombis", de Seth Grahame-Smith y de, por supuesto, Jane Austen. Son co-autores, a pesar de que estén separados por cerca de un siglo, el uno del otro.



¿Qué quereis que os diga? Es raro, pero admiro la osadía del autor al concebir una fusión así donde las señoritas Bennet están tan preocupadas de encontrar marido y mostrarse decorosas ante la sociedad, como de decapitar zombies. Es entretenido, y me divierte un montón saber que están pensando en rodar la película, pero, sin duda, no creo que acabe siendo una de aquellas obras de la literatura que una siente la necesidad de releerla cada pocos años.

De la película de Keira Knightley, llevo visionado muy poco. Menos de una hora, pero ¿sabeis qué? Se echan de menos los zombis, los ninjas, los mosquetes y las Katanas!
En fin, son las 00.59 y no puedo esperar eternamente a que la inspiración toque a mi puerta, así que, voy a ir yéndome... Y me temo que mañana, o me compro una botella de absenta o esto no lo remonta ni Cortázar!

P.D: Estoy intentando subir una foto de la portada del libro, pero el explorer se resiste... Si al final no lo consigo, que conste que lo intenté!!

Boas Noites

03 febrero 2010

Y Hoy Sin Berocca

Pues sí, utilizo Berocca para poder concentrarme.
No sé exactamente que lleva...(vitamina E? Vitamina... B? Será B, de Berocca supongo!) pero me hace sentir bien para estudiar, concentrarme, escribir... Y como hoy no la he tomado... pues perdí en tren de las musas.

Aunque he de añadir que no son unas musas absénticas, estilo green magic, son bastante discretitas, y a veces ni con vitaminas vienen, pero bueno, es cierto que sin esos fabulosos momentos de inspiración, no soy más que un trozo de carne inerte aporreando un teclado.

Sin esos clímax creativos, no hubiera sido capaz de escribir todo aquello de lo que me siento tan orgullosa, y no podría mirar atrás para dar Fe de todo lo realizado, utilizándolo como impulso para llegar más lejos todavía. Literariamente (que no literal) hablando, claro. En lo que se refiere al contexto físico, estoy muy bien aquí, pegada a mi sillita. Aunque no será por mucho rato. Morfeo comienza a amenazar, y el reloj no me da tregua...

Los minutos son una pandilla de engreídos, que te miran por encima del hombro impunemente cada vez que alcanzan el XII. Son conscientes de que, hagamos lo que hagamos, ellos estarán siempre por encima nuestro, vigilantes y pacientes. Observando como tropezamos una y otra vez con la misma piedra o como damos vueltas a lo tonto para llegar exactamente al punto desde el cual partimos.

Sí. Y se ríen. Se divierten viéndonos así. Es lógico, yo también me reiría del mundo si fuera un concepto metafísico que se puede medir pero no tocar.
Aunque si yo fuera un minuto, abogaría ante el Ministerio del Tiempo para darle un poco de flexibilidad al asunto, así cada persona podría escoger cuánto quiere que duren sus propios minutos. No sería maravilloso?

Si pudiera elegir los alargaría. Mis minutos serían laaaargos e intensos, y los utilizaría para todas esas tareas que no caben en una agenda normal, cómo contestar a los 3.000 e-mails que me esperan en uno de mis mailbox o acabar de aprender de una santa vez Hebreo Bíblico. Sin embargo, no puedo negar que hay algunos minutos que los acortaría, hasta su mínima expresión, aunque serían escogidos y muy de vez en cuando. Lo primero que me viene a la cabeza es el puñetero tiempo de espera de Rapidshare y Megaupload, sería delicioso poder acelerarlo a placer ¿eh?

Pero bueno, pensándolo bien, me cuidaría mucho de abreviar minutos porque sí. Soy de la opinión de que todo lo que nos pasa en esta vida, ocurre por algún motivo. Todo es importante. Todo forma parte de una intención mayor, de un plan del que ni siquiera somos conscientes, y que sin el cual, no existiríamos. ¿No son fabulosos esos momentos "casuales" en los que tomamos un camino diferente para ir a trabajar, sin saber por qué, y nos topamos con alguien a quien buscábamos hacía tiempo, o algo que necesitábamos encontrar, o una cosa con la que habíamos soñado? Es una maravillosa sensación, y es bueno ser adicto a ella. A mi me gusta compararlo con el polvo de hadas de Campanilla, gracias al cual, eres capaz de volar. Bueno, físicamente no (No sería genial??) pero sí de una forma muy pura e intensa, puesto que al ser conscientes de ello, automáticamente, empezamos a vislumbrarlo.

Es casi como la inspiración que yo busco. Esa energía mágica que me confiere la capacidad de combinar estas veintisiete letras de nuestra maravillosa lengua para darle vida a palabras y frases hermosas que nacen en lo más profundo de mi corazón.

Y como mi organismo carece de Berocca y mis neuronas están en desventaja, tengo que dejarlo aquí, amigos, a las 00.52 del recién estrenado 3 de Febrero.

Feliz Wednesday a todos!

02 febrero 2010

Más palabras...

Vale! Ya está bien.
No puede ser que me proponga escribir y entre el puñetero Acrobat y otros quehaceres, no haga más que optimizar el ordenador en lugar de estar poniendo toda mi creatividad en orden para que salga algo bueno!

He decidido empezar a colgar mis reflexiones en el blog, por tontas que sean. Al fin y al cabo, seguro que no me lee nadie, y así, en lugar de tener docenas de words a medio acabar, con una montaña de capítulos mutilados, ejercitaré a mis apabulladas neuronas aquí, para poderles sacarles algo brillante allí... Bueno, allí o aquí, lo importante es que salga, que se estructuren las palabras de forma adecuada para (re)aprender a canalizar correctamente todos mis pensamientos para que lleguen a un buen fin.

De momento, voy a escribir lo que me salga, sin haber definido todavía la intencionalidad de este improvisado post. Por cierto, pido disculpas de antemano por si comento algún error gramatical. Soy muy maniática con las faltas de ortografía, y no me dejo un signo de puntuación o una tilde ni en los sms, pero siempre puede escapárseme algo, en concreto, redundancias, y especialmente cuando empiezo a caerme de sueño.

De momento estoy bien. Cansada (básicamente porque son las 2.43 de la madrugada) pero entera todavía. Aunque sí que es cierto que daría cualquier cosa por estar ahora en la camita, calentita... mmm... que gustito! sobretodo desde que he descubierto el cojín perfecto. Blandito y maravilloso, que hace que me despierte como una rosa aunque haya dormido apenas 6 horas (sí, lo sé, para muchos 6 horas debe ser lo normal, pero soy así; soy capaz de dormir más de 12 horas de un tirón, y aunque no es lo habitual en mí (de donde podría sacar el tiempo??!!) lo hago cuando realmente mi cuerpo me pide descanso tras una agotadora semana, o después de un vampírico fin de semana.)

Mañana es martes. 2 de febrero. ¿Os habeis fijado en lo bien que coincide el calendario este mes? Me refiero a que los lunes caen en día 1, 8, 15, 22... Será un mes breve, pero cuadrado matemáticamente. Espero que sea una buena señal. Mmm... Sí, he decidido que lo voy a convertir en una buena señal. Mi nuevo anillo de ojo de tigre, (que por cierto, me está dando una vitalidad impresionante) y yo, así lo haremos.

Feliz Febrero a todos, a esos entes invisibles y virtuales que nunca leerán este insignificante "blogcillo".

:-)

30 octubre 2009

Parte de nuestras vidas

Cuando tienes 15 años y en el instituto de Ibiza te encargan redactar una “Exposición Oral” para explicarla exhibiéndola ante toda la clase, decides ponerte enferma ese día para así escaquearte de la bochornosa experiencia de hablar en público por primera vez en la vida….Y si encima es para la asignatura que peor dominas (la de catalán) la situación se vuelve todavía peor.…No obstante, me tiré a la piscina y confié en mi intuición, originando, y contra todo pronóstico, el profesor quedara fascinado ante mi inexperta intervención.

La redacción que me proporcionó ese glorioso 10 en el trabajo, fue sobre la historia de Pachá. Esa legendaria discoteca que habiendo abierto sus puertas en el año 73 fue testigo del despertar y evolución de nuestra isla, cuando unos nuevos ideales y unas promesas de libertad vivían en los corazones de nuestros padres, convirtiéndolos en pioneros de una forma de vivir y de pensar, que hasta ese momento había sido inaceptable.

Mi principal fuente de información fue “El Baile”; ese voluminoso libro de Pachá que a éste mismo precede, y en sus páginas encontré las palabras y las historias que a mi ecologista profesor conmovieron. ¿Quién iba a decirme a mí que un día yo contribuiría a esta saga literaria? Quizá dentro de unos años, de 10, de 15 o de 20, un pequeño infante recurra a este libro para entender como fue la Ibiza de la que ahora disfrutamos, porque, tal y como aquel día comprendí, es imposible hablar de nuestra isla sin pensar inmediatamente en Pachá. No podría repasar mi vida sin mencionar tarde o temprano al que se ha convertido en el genuino templo de la noche ibicenca por méritos propios.

La primera vez que entré en el Pachá, era una niña. Fue en pleno día y, por supuesto, la discoteca estaba cerrada. Fui a acompañar a mi amiga Iria, junto a su mamá, María, para recoger algo que el tiempo ya borró de mi memoria. Sentí algo especial solo de pensar dónde me encontraba. La sala me pareció enorme y muy blanca. Supongo que no me esperaba encontrame con esa estética tan entrañable, clásica en las casas payesas. Recuerdo que al día siguiente lo conté en el colegio. Era la única niña de las que conocía que había pisado Pachá, ¡y me sentía muy orgullosa de ello!

Sin embargo, no iba a transcurrir demasiado tiempo hasta que ese esperado momento se hiciese realidad. Mi generación tuvo la suerte de vivir aquella maravillosa época donde las tardes de los domingos eran sinónimo de Las Galas Juveniles. Capitaneadas por Curro y Karamelo, suponían el acontecimiento más esperado de la semana. Una ocasión fabulosa donde los adolescentes podíamos jugar un poco a ser mayores, y que por 500 Pesetas la entrada (3€), se nos abría un universo semi nocturno donde fomentar y alimentar nuestra recién descubierta vida social. Entre San Franciscos y combinados sin alcohol, los años fueron pasando,y, aunque a mí entonces se me antojaba una etapa profunda y madura, al recordarlo, lo veo más como un fugaz suspiro. Un preámbulo de lo que todavía estaba por llegar.

Al cumplir los 18, comenzamos a ir al Pachá “de verdad”. Al de los viernes y los sábados por la noche. Nuestro objetivo era divertirnos, pero sin olvidar integrarnos en el ambiente, pasando desapercibidas y evitando lo que cualquier adolescente evita a toda costa: Llamar la atención. Pronto descubrí, con gran sorpresa, que se está mucho mejor en el otro lado de la cadenita. Incluso la música parecía sonar mejor cuando bailaba en el Privé, que cuando lo hacía fuera de él. Eso me hizo acostumbrarme a las zonas VIP, descubriendo mi faceta más social y disfrutando de una personalidad más madura y extrovertida.

Son muchas las personas que conocí y que recuerdo con afecto. Muchos permanecen ahí, al pie del cañón, otros, siguen siendo clientes habituales, algunos ya marcharon, aunque siempre recordaré y unos pocos se han convertido en auténticos amigos: compañeros infatigables con quienes he sido testigo de más de un amanecer. Pachá es algo más que una simple discoteca de moda. Pachá es un concepto en sí mismo. Es un estilo de vida y una manera de ser, de actuar y de pensar. Y yo, me comprometí de tal modo con esa filosofía que decidí aportar mi granito de arena: Supongo que fue ocurriendo gradualmente, y con motivo de los Flower Power: Un día te pones una llamativa flor, otro día escoges unas gafas de purpurina, y, cuando te das cuenta, te has transformado en una glamourosa Cruela de Vil y eres la sensación de la fiesta.

Creo que muy poca gente puede decir que ha adquirido su fondo de armario en “La Cucaña”. Gracias a esta iniciativa personal, Me invitaron a protagonizar un póster, sin duda el de la fiesta más adecuada a mi particular indumentaria nocturna de aquel entonces: “Pelos Locos”. Fue divertido observar como mi peculiar retrato dio la vuelta a toda la isla, con presencia en cada establecimiento de nuestra geografía. Y por si no fuese suficiente, también tuve el honor de presentar en el año 2.000 la ceremonia de entrega de premios “Dj Awards”, donde, fiel a la temática escogida por José Pascual, me encarné en una cibernética Medusa, coronada con una espectacular peluca donde docenas de serpientes se confundían con artificiales trenzas de neón.

Sin embargo, las mejores fiestas siempre han sido, son y serán los “Flower Power”, donde cada noche es diferente. Especial. Y donde esa música y esa mágica atmósfera evocan con su Nag Champa y su These boots are made for walkin’ un fugaz recuerdo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Incluso cuando no se tienen años suficientes como para haber sido testigo de esas idealizadas décadas.

Si cierro los ojos, un centenar de emociones afloran en mi interior, saboreando los agradables recuerdos que Pachá me ha otorgado a través de los años; Ilusiones, Alegrías, Amistades, Canciones, Despedidas, Reconciliaciones, Flechazos, Pasiones, Descubrimientos y Diversiones. He sido muy feliz en su interior, e incluso recuerdo con cariño aquel mes de agosto en el que decidí vivir la experiencia de trabajar allí de camarera. Lo pasé en grande. (Tanto que lo habría hecho gratis, Cakus). Tengo tantos recuerdos que podría escribir un libro entero, y eso sin tener en cuenta las surrealistas anécdotas que mi padre ha vivido en el Pachá. Sin duda, dignas de una película de Woody Allen.

Siempre he dicho que hay un abismo entre Pachá y el resto de discotecas de la isla. ¿Por qué exactamente?, me preguntan los forasteros.
Pues porque Pachá tiene algo que el resto no tiene. Pachá tiene Alma.


Ana Fiol
Barcelona, 11 de Febrero de 2008.