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30 octubre 2009

Parte de nuestras vidas

Cuando tienes 15 años y en el instituto de Ibiza te encargan redactar una “Exposición Oral” para explicarla exhibiéndola ante toda la clase, decides ponerte enferma ese día para así escaquearte de la bochornosa experiencia de hablar en público por primera vez en la vida….Y si encima es para la asignatura que peor dominas (la de catalán) la situación se vuelve todavía peor.…No obstante, me tiré a la piscina y confié en mi intuición, originando, y contra todo pronóstico, el profesor quedara fascinado ante mi inexperta intervención.

La redacción que me proporcionó ese glorioso 10 en el trabajo, fue sobre la historia de Pachá. Esa legendaria discoteca que habiendo abierto sus puertas en el año 73 fue testigo del despertar y evolución de nuestra isla, cuando unos nuevos ideales y unas promesas de libertad vivían en los corazones de nuestros padres, convirtiéndolos en pioneros de una forma de vivir y de pensar, que hasta ese momento había sido inaceptable.

Mi principal fuente de información fue “El Baile”; ese voluminoso libro de Pachá que a éste mismo precede, y en sus páginas encontré las palabras y las historias que a mi ecologista profesor conmovieron. ¿Quién iba a decirme a mí que un día yo contribuiría a esta saga literaria? Quizá dentro de unos años, de 10, de 15 o de 20, un pequeño infante recurra a este libro para entender como fue la Ibiza de la que ahora disfrutamos, porque, tal y como aquel día comprendí, es imposible hablar de nuestra isla sin pensar inmediatamente en Pachá. No podría repasar mi vida sin mencionar tarde o temprano al que se ha convertido en el genuino templo de la noche ibicenca por méritos propios.

La primera vez que entré en el Pachá, era una niña. Fue en pleno día y, por supuesto, la discoteca estaba cerrada. Fui a acompañar a mi amiga Iria, junto a su mamá, María, para recoger algo que el tiempo ya borró de mi memoria. Sentí algo especial solo de pensar dónde me encontraba. La sala me pareció enorme y muy blanca. Supongo que no me esperaba encontrame con esa estética tan entrañable, clásica en las casas payesas. Recuerdo que al día siguiente lo conté en el colegio. Era la única niña de las que conocía que había pisado Pachá, ¡y me sentía muy orgullosa de ello!

Sin embargo, no iba a transcurrir demasiado tiempo hasta que ese esperado momento se hiciese realidad. Mi generación tuvo la suerte de vivir aquella maravillosa época donde las tardes de los domingos eran sinónimo de Las Galas Juveniles. Capitaneadas por Curro y Karamelo, suponían el acontecimiento más esperado de la semana. Una ocasión fabulosa donde los adolescentes podíamos jugar un poco a ser mayores, y que por 500 Pesetas la entrada (3€), se nos abría un universo semi nocturno donde fomentar y alimentar nuestra recién descubierta vida social. Entre San Franciscos y combinados sin alcohol, los años fueron pasando,y, aunque a mí entonces se me antojaba una etapa profunda y madura, al recordarlo, lo veo más como un fugaz suspiro. Un preámbulo de lo que todavía estaba por llegar.

Al cumplir los 18, comenzamos a ir al Pachá “de verdad”. Al de los viernes y los sábados por la noche. Nuestro objetivo era divertirnos, pero sin olvidar integrarnos en el ambiente, pasando desapercibidas y evitando lo que cualquier adolescente evita a toda costa: Llamar la atención. Pronto descubrí, con gran sorpresa, que se está mucho mejor en el otro lado de la cadenita. Incluso la música parecía sonar mejor cuando bailaba en el Privé, que cuando lo hacía fuera de él. Eso me hizo acostumbrarme a las zonas VIP, descubriendo mi faceta más social y disfrutando de una personalidad más madura y extrovertida.

Son muchas las personas que conocí y que recuerdo con afecto. Muchos permanecen ahí, al pie del cañón, otros, siguen siendo clientes habituales, algunos ya marcharon, aunque siempre recordaré y unos pocos se han convertido en auténticos amigos: compañeros infatigables con quienes he sido testigo de más de un amanecer. Pachá es algo más que una simple discoteca de moda. Pachá es un concepto en sí mismo. Es un estilo de vida y una manera de ser, de actuar y de pensar. Y yo, me comprometí de tal modo con esa filosofía que decidí aportar mi granito de arena: Supongo que fue ocurriendo gradualmente, y con motivo de los Flower Power: Un día te pones una llamativa flor, otro día escoges unas gafas de purpurina, y, cuando te das cuenta, te has transformado en una glamourosa Cruela de Vil y eres la sensación de la fiesta.

Creo que muy poca gente puede decir que ha adquirido su fondo de armario en “La Cucaña”. Gracias a esta iniciativa personal, Me invitaron a protagonizar un póster, sin duda el de la fiesta más adecuada a mi particular indumentaria nocturna de aquel entonces: “Pelos Locos”. Fue divertido observar como mi peculiar retrato dio la vuelta a toda la isla, con presencia en cada establecimiento de nuestra geografía. Y por si no fuese suficiente, también tuve el honor de presentar en el año 2.000 la ceremonia de entrega de premios “Dj Awards”, donde, fiel a la temática escogida por José Pascual, me encarné en una cibernética Medusa, coronada con una espectacular peluca donde docenas de serpientes se confundían con artificiales trenzas de neón.

Sin embargo, las mejores fiestas siempre han sido, son y serán los “Flower Power”, donde cada noche es diferente. Especial. Y donde esa música y esa mágica atmósfera evocan con su Nag Champa y su These boots are made for walkin’ un fugaz recuerdo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Incluso cuando no se tienen años suficientes como para haber sido testigo de esas idealizadas décadas.

Si cierro los ojos, un centenar de emociones afloran en mi interior, saboreando los agradables recuerdos que Pachá me ha otorgado a través de los años; Ilusiones, Alegrías, Amistades, Canciones, Despedidas, Reconciliaciones, Flechazos, Pasiones, Descubrimientos y Diversiones. He sido muy feliz en su interior, e incluso recuerdo con cariño aquel mes de agosto en el que decidí vivir la experiencia de trabajar allí de camarera. Lo pasé en grande. (Tanto que lo habría hecho gratis, Cakus). Tengo tantos recuerdos que podría escribir un libro entero, y eso sin tener en cuenta las surrealistas anécdotas que mi padre ha vivido en el Pachá. Sin duda, dignas de una película de Woody Allen.

Siempre he dicho que hay un abismo entre Pachá y el resto de discotecas de la isla. ¿Por qué exactamente?, me preguntan los forasteros.
Pues porque Pachá tiene algo que el resto no tiene. Pachá tiene Alma.


Ana Fiol
Barcelona, 11 de Febrero de 2008.


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